Stray dog

Quisiera saber dónde te quedas, ese momento que cerraste a cal y canto, tiraste la llave.

Cómo se desvaneció la pulsión y el delirio te hizo preso. Quiénes violaron tu grito que hacía girar las aspas de los gigantes.

Tu sentimiento convertido en una palabra de una canción maniaca, sorda; y las notas no siguen el compás del segundo movimiento en tu réquiem desafinado.

Ya no entra nada, nada sale. Las fronteras se cerraron por la aduana del pensamiento mediante el nudo en la emoción del recuerdo.

Desapareció la luz de risa entre las descargas de cobre quedando el olor a carne quemada de tus vísceras.

Erato, te miras al espejo con el cañón de la pistola metido en la boca. La armadura brillante se convirtió en una camisa de fuerza a prueba de balas. Tus palabras en voz viva se trocaron en galimatías de susurros mientras lames la sangre que se secó en tus venas.

Esperas a que llegue la duodécima campanada para poder coger el tren, pero un estado de vigilia inconsciente te mantiene en un desfile de abyectas pesadillas. Las cuales, obsesivas, inyectan norepinefrina en tu sistema colapsado y ahoga cualquier clamor.

Buscas desesperado una escalera de emergencia que baje a tu “vida es sueño”, aunque hace tiempo el mercurio hizo que olvidaras el camino de vuelta. Así, vagas al borde de la inanición negándote el precioso alimento empático que, ahora te causa repulsión.

Mudo, muerdes tus uñas, desgarras tu piel e intentas deshacer la última hebra de nuestro hilo rojo. Con los ojos desorbitados te escondes en ese bosque de vivos inanimados rogando que no te encuentre.

Has fallado, te has dejado creer y has intentado apagarte mediante un interruptor narcótico. Renunciaste a la locura y te convertiste en lo que más odias, negándome tu existencia.

Pero Erato, aún no es hora de dormir. Aquí, todo el mundo te necesita.

Stray dog